Le gustaba pretender que su ciudad era otra, que descubría nuevos lugares aunque su rutina fuera asfixiante, jugaba a ser mil chicas diferentes aunque al cerrar los ojos volvía a ser ella y una lagrima resbalaba por su mejilla.
Llevaba diecisiete años ya viviendo en esa ciudad que tanto le gustaba y a la que tanto odiaba en partes iguales, tenía pocos conocidos, ni un solo amigo y mucho dolor a cuestas. Había llegado huyendo de su hermana, de todo el dolor que le causaba, de la “mala” vida que había decidido llevar. Patty había podido escoger pero claramente Caroline no había sido una prioridad en sus opciones.
Ese día pintaba ser más ajetreado de lo usual, tan pronto llegó al restaurante se vio rodeada de clientes en manada vociferando órdenes al azar, al viento tal vez porque ella tenía la cabeza muy lejos de allí.
Diecisiete años habían trascurrido, exactamente el día de su cumpleaños, el día más amargo del año desde que cumplió los dieciséis; no se suponía que fuera así, debía ser un día lindo, de transición, de celebración pero Patty lo había arruinado; Patty y su sed de dinero habían arruinado el único día especial del año.
- Sale una orden de hamburguesa y una porción de aritos de cebolla – gritó una voz que la sacó de su ensoñamiento.
Recogió el plato y lo entregó en la mesa equivocada, como había sucedido con las cuatro órdenes anteriores.
– Te veo distraída — dijo Angela, su jefa. — ¿Quieres irte a casa? — añadió con voz dulce y conciliadora.
- Sería muy amable de tu parte.
No duró ni dos horas en el restaurante y había sido más de lo que su mente podía soportar; no quiso coger la chaqueta ni el bolso, salió a la calle con un par de billetes en el bolsillo; el corazón y la mente hechos una marea de ideas.
Iba a ser un día largo
Comentarios recientes